Defectuoso
Ciudadano chilango por selección natural, mexiquense de arraigo. Crecí en el tiempo de la prisa y la producción en serie, en el tiempo del no tener tiempo. Podría medir la vida por traslados, por palabras, por amores-desamores, por historias, voces e imágenes retenidas. Pero mi Ser Urbe es una imagen en el tiempo.
A veces he podido desentrañarme en los demás. Como si mi historia no me perteneciera, me encuentro afuera de mí mismo calcando mis gestos en la muchedumbre. Soy por mucho las historias de alguien más: alguna cifra, algún slogan o algún espacio comercial.
Recuerdo que en mi infancia antes que salir a las calles y encontrar el fin de las banquetas, me la pasé explorando detrás del patio para subir a las bardas de las casas.
Apenas me equilibraba. Me agazapaba de un árbol hasta bajar al llano de la colonia. Ahí a veces agarraba chapulines o me tiraba en la hierba solitaria y espiaba a otro niño que construía su propia historia. Se podía jugar a cualquier cosa. Sin definición predispuesta el llano tenía una cara nueva cada día.
Pero mi ingreso a la secu me volvió residente defeño. Acá en el sur, no existen espacios para llanos. Se consideran espacios vacíos para rellenar. Ya no se puede jugar a lo que sea, cada lugar tiene sus reglas y su funcionalidad.
Armo mi biografía como quien extiende en el tendedero las imágenes de su vida.
Un desencuentro parental reafirmó mi definición como nativo de la zona conurbada… y conurbé seis años como buen citadino. Ese que se arraiga de un transporte colectivo y migra la vida de norte a sur, de la casa a la escuela, del miedo a perpetuarse como el hijo del zapatero hasta soñar ser alguien importante en la Ciudad.
Desde el ingreso a la carrera universitaria y hasta entonces, recorro defectuoso como si pasara las manos de mi habitación a la sala y del baño a la azotea. Un migrante de sí mismo extraviado en los ladrillos de su casa. Y aunque me cuadre el smog, los claxones y la lluvia ácida: me ancla el norte de la Ciudad. Ahí donde el llano me habitaba cada que el hogar me expulsaba.
En mi desmemoria, esa de recordar a corto plazo para recomenzar el kilometraje diario, me doy cuenta que me he quedado con una instantánea de mi infancia.
Hace apenas unos días inmigré a mi Ecatepec herido para encontrar a unos abuelos incrustados a los muebles de la casa. Al buscarle el fin a las banquetas reconocí al hijo del zapatero regañando al pequeñín futuro zapatero.
Subí a la azotea de la casa y me agazapé a las bardas pero no encontré la imagen de aquel llano necio. Alguien se encargó de llenar los espacios vacíos, alguien se encargó de inmigrar a miles de nuevos defeños en casas de 48 metros cuadrados. Y mi árbol por supuesto ya no existe.
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jueves, 20 de mayo de 2010
miércoles, 12 de mayo de 2010
Un instante -Gustavo
Corría el año de 1989. Contaba apenas con diez años de edad cuando me encaminé en un viaje en tren rumbo a Guadalajara.
El tren era algo nuevo para mí. Había visto películas al respecto y escuchado historias pero, como suele suceder, la experiencia sobrepasó por mucho los relatos. Desde el momento en que vi aquella locomotora antigua, exhibida a manera de ornato en las afueras de la estación, comencé a emocionarme.
Una vez dentro vi pasar los eventos como si fuesen parte de una película. La compra de boletos, la estancia en la sala de espera y finalmente el tan esperado arribo a los andenes y la entrada al tren.
El viaje fue magnífico. Viví una muy grata serie de experiencias por primera y única vez en toda mi vida. Tuve la fortuna de disfrutar de un viaje en los Ferronales (Ferrocarriles Nacionales de México) que no habría de volver a repetirse.
Hace poco menos de un año, finalmente regresé a esa estación de trenes. Transformada para funcionar como terminal del tren suburbano, me sorprendió encontrar que en su mayoría las instalaciones conservaban su esencia original.
La primera vez que me adentré en ese lugar las memorias comenzaron nuevamente a llenarme. Por un breve instante fui nuevamente un niño de diez años, lleno de vida y esperanza, sorprendiéndome de cada detalle… de cada nueva experiencia…
Por un breve instante…
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martes, 11 de mayo de 2010
viernes, 7 de mayo de 2010
Caricias
"Se abre el camino. No pase." Foto: almartirios
Mete la mano entre sus piernas. [Sensación deliciosa.] Se muerde el labio inferior. Lo mira sin detenerse, le hace saber que siente y disfruta del tacto. Ahora procura que su rostro no la delate.
Yo lo sé. Desde el anonimato soy cómplice.
Todo se detiene. Abandonamos el vagón. La sigo. Quiero saber qué pasará.
Él se acerca. Le hace una seña con la mirada sugiriendo lo acompañe.
Ella se avergüenza, se asusta. Hasta ahora es consciente de lo sucedido… Gozó de la mano de un extraño. No opuso resistencia, no se molestó, no se negó a ser acosada, no sufrió la vejación desde el silencio. Disfrutó de la falta de respeto, del abuso. Se deleitó con lo prohibido. Degustó la mano que la violentaba, que la complacía.
Ya consciente se aleja, no lo acompañará.
¿A dónde? ¿Un hotel? ¿Una calle oscura?
Todo desaparece. La fantasía se vuelve culpa de tocar sin permiso, de gozar el tacto no solicitado, de deleitarse con mirar lo prohibido.
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